domingo, 5 de enero de 2014

El pasillo de las maravillas

¿Y si la respuesta no estuviera mirando hacia delante, sino más bien hacia atrás? ¿Y si la solución a este abundante catálogo de problemas de salud fuera volver por el camino recorrido hasta uno de los puntos de partida?

Pareciera como si la industria de alimentos y bebidas inventara tres productos nuevos cada semana. Van apareciendo como por obra de magia en los estantes del supermercado con una misión específica: convertirse en el bálsamo para mitigar la angustia que generó la más reciente publicación sobre salud, donde algún infortunado nutriente es señalado como el enemigo a erradicar de todas las dietas que pretenden denominarse saludables, y cuya revelación habrá venido a generar una ansiedad terrible en quienes tuvieron la mala fortuna de enterarse.

Pero la angustia les durará poco, pues bastará con recorrer lentamente algunos pasillos del supermercado para toparse de frente con las más recientes novedades, ordenadas en pilas interminables y bastante visibles. Las propiedades maravillosas que se atribuyen, desplegadas en una escandalosa cascada visual sin importar su grado de veracidad, los convertirán en los superhéroes empaquetados de la semana.

Los preocupados consumidores se aferrarán a ellos; podremos verlos en los pasillos, vaciando los estantes y llevándolos a casa con una profunda sensación de alivio. El tacto de sus empaques impolutos, el crujir de las bolsas herméticamente selladas, las brillantes imágenes que los cubren por completo ,vendrán a formar parte del tranquilizador consuelo. Y recordando todas aquellas advertencias amenazantes leídas o escuchadas, vaciarán sin más preámbulo el contenido, líquido o sólido, dentro de sus bocas.

Masticarán con placer la sustancia, regocijándose con su crujiente sonoridad, con su juguetona efervescencia, con su pastosa suavidad. El intenso sabor dulce o salado saturará sus papilas gustativas. Al terminar, tragarán con alivio, y aún aferrándose al empaque, imaginarán cómo las magníficas propiedades que el producto asegura contener comienzan a surtir efecto. Se mirarán al espejo y descubrirán una piel más tersa gracias al efecto de los antioxidantes; sentirán cómo el tránsito de su intestino vuelve lentamente a fluir gracias a la fibra insoluble añadida. Habrá quienes incluso sostengan entre las manos aquel producto estampado en tenues colores blancos y azulados y comiencen a sentir más holgado el pantalón que se ciñe en torno a su cintura. La conciencia se mantendrá tranquila durante un poco más tiempo que el estómago, que no tardará en exigir una nueva dosis de aquel elixir. Y las visitas a los pasillos del supermercado continuarán semanal o quincenalmente con un fervor parecido al de aquellos que ingresan a un sitio sagrado.

Los  fieles buscarán las señales divinas que distinguen de la abundante oferta de productos al remedio que los protegerá del terror de la diabetes, de la hipertensión, de la obesidad o del sobrepeso. Destinará a ellos cuantiosas sumas de dinero y de certezas, sin que esa endeble confianza, deslumbrada por la contundencia de los anuncios, les permita prestar atención a aquellos humildes alimentos que se ubican en las orillas del supermercado y reposan en silencio con sus cáscaras brillantes y aromáticas, sin mayor distintivo que un discreto letrero que cuelga sobre ellos y reza, por ejemplo, Hoy todas las frutas y verduras a mitad de precio.

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