¿Y si la respuesta no estuviera mirando hacia delante, sino
más bien hacia atrás? ¿Y si la solución a este abundante catálogo de problemas de
salud fuera volver por el camino recorrido hasta uno de los puntos de partida?
Pareciera como si la industria de alimentos y bebidas inventara tres productos nuevos cada semana. Van apareciendo como por obra de magia en
los estantes del supermercado con una misión específica: convertirse
en el bálsamo para mitigar la angustia que generó la más reciente publicación
sobre salud, donde algún infortunado nutriente es señalado como el enemigo a
erradicar de todas las dietas que pretenden denominarse saludables, y cuya
revelación habrá venido a generar una ansiedad terrible en quienes tuvieron la
mala fortuna de enterarse.
Pero la angustia les durará poco, pues bastará con recorrer
lentamente algunos pasillos del supermercado para toparse de frente con las más
recientes novedades, ordenadas en pilas interminables y bastante visibles. Las
propiedades maravillosas que se atribuyen, desplegadas en una escandalosa cascada visual sin importar su grado de veracidad, los convertirán en los superhéroes
empaquetados de la semana.
Los preocupados consumidores se aferrarán a ellos; podremos
verlos en los pasillos, vaciando los estantes y llevándolos a casa con una
profunda sensación de alivio. El tacto de sus empaques impolutos, el crujir de
las bolsas herméticamente selladas, las brillantes imágenes que los cubren por
completo ,vendrán a formar parte del tranquilizador consuelo. Y recordando
todas aquellas advertencias amenazantes leídas o escuchadas, vaciarán sin más
preámbulo el contenido, líquido o sólido, dentro de sus bocas.
Masticarán con placer la sustancia, regocijándose con su
crujiente sonoridad, con su juguetona efervescencia, con su pastosa suavidad. El intenso sabor dulce o salado saturará sus papilas gustativas. Al terminar, tragarán con
alivio, y aún aferrándose al empaque, imaginarán cómo las magníficas propiedades
que el producto asegura contener comienzan a surtir efecto. Se mirarán al
espejo y descubrirán una piel más tersa gracias al efecto de los antioxidantes;
sentirán cómo el tránsito de su intestino vuelve lentamente a fluir gracias a
la fibra insoluble añadida. Habrá quienes incluso sostengan entre las manos
aquel producto estampado en tenues colores blancos y azulados y comiencen a
sentir más holgado el pantalón que se ciñe en torno a su cintura. La conciencia
se mantendrá tranquila durante un poco más tiempo que el estómago, que no
tardará en exigir una nueva dosis de aquel elixir. Y las visitas a los pasillos
del supermercado continuarán semanal o quincenalmente con un fervor parecido al
de aquellos que ingresan a un sitio sagrado.
Los fieles buscarán
las señales divinas que distinguen de la abundante oferta de productos al
remedio que los protegerá del terror de la diabetes, de la hipertensión, de la
obesidad o del sobrepeso. Destinará a ellos cuantiosas sumas de dinero y de certezas,
sin que esa endeble confianza, deslumbrada por la contundencia de los anuncios,
les permita prestar atención a aquellos humildes alimentos que se ubican en las
orillas del supermercado y reposan en silencio con sus cáscaras
brillantes y aromáticas, sin mayor distintivo que un discreto letrero que cuelga sobre ellos y reza, por ejemplo, Hoy
todas las frutas y verduras a mitad de precio.