A veces me parece increíble que sigamos tan acostumbrados a contemplar el deterioro de la salud como un
acontecimiento individual. Como si los motivos por los cuales hoy en día se han desarrollado una espantosa variedad de padecimientos relacionados con el estilo de vida, correspondieran únicamente a la responsabilidad de los enfermos. Que todos aquellos
con diabetes, con hipertensión, con obesidad, se hagan cargo por su cuenta de su enfermedad, pues
indudablemente las razones del deterioro en su salud y calidad de vida pertenecen sólo a ellos. Lo más probable es que si no logran deshacerse de esos kilos de más, si no han podido arrancarse ese vicio
por el refresco que les eleva la glucosa por los cielos, es porque no quieren, porque son flojos, estúpidos e inútiles, porque no se han esforzado lo suficiente.
Qué sencillo aislar los factores y determinar por separado
los motivos del estado actual de la ecuación. Qué fácil señalar a quienes padecen problemas de peso y enfermedades relacionadas a él y asegurarles que fuerza
de voluntad es lo único que necesitan para resolverlos. Y aunque habrá también algunos pocos que elijan
conscientemente cavarse la tumba con sus propias bocas, con sus propias manos, qué cómodo resulta transferir la culpa absoluta a las elecciones personales.
Pero cómo explicarles a los millones de mexicanos con
obesidad y sobrepeso que, por ejemplo, en un nivel superior de decisiones prácticamente
inaccesibles para ellos, este país ha impulsado políticas a favor de la liberación
comercial con Estados Unidos, como el TLCAN, que tuvieron una incidencia directa en el problema de salud que les ha ido estropeando la vida poco a poco.
Que su implementación coincide de manera pavorosa con la modificación gradual del entorno alimenticio del país y con el consecuente cambio en la forma de alimentarse que ocurrió a causa de ello. Y
que por lo visto nadie, absolutamente nadie, previó los dramáticos impactos en la salud y en la seguridad alimentaria, y los profundos costos en atención
médica y en productividad que llegarían a ocasionar su
ratificación.
A mí que me digan dónde queda, entonces, el poder de la fuerza de voluntad individual ante la influencia de un entorno que, desde hace 15 años, no ha hecho más que asegurar las condiciones para desarrollar enfermedades.
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